Fender ST57
Admitámoslo: por lo general, el 95% del tiempo, la vida transcurre de manera predeciblemente monótona en este rincón del mundo llamado Occidente. Ese otro 5% son esos momentos en que la realidad le da por hacer un triple salto mortal hacia atrás con tirabuzón y de repente, parece como si alguien nos hubiera colado dentro de un guion de David Lynch (¡D.E.P. maestro!). Supongo que ese pequeño porcentaje de surrealismo es lo que espolea al otro 95% restante del tiempo e impide que nos ahoguemos en la desidia de esta bendita rutina a la que parece que estamos condenados.
Entre los sucesos de ese 5% que me han ocurrido últimamente, uno de ellos tiene que ver con guitarras, así que, ¿qué mejor lugar que este para compartirlo con vosotras? Este relato contiene de todo: amor, guitarras, coincidencias, guitarras, señales del universo, guitarras, emoción, guitarras, acción… un tostón, vaya. ¡Pero con algo tengo que empezar!
Antecedentes
Esta historia, en realidad, comienza hace ya algunos años: en 2017, concretamente. En ese momento aún trabajaba en audiovisuales como autónomo (todos tenemos un pasado y yo tengo varios) y finalicé un rodaje en Tokio, habiendo pasado por Filipinas y también Taiwán. Como nunca antes había estado por allí, decidí retrasar mi vuelo de vuelta a la realidad y visitar la megaciudad por mi cuenta durante unos días. Uno de sus grandes atractivos para mí era, como os podéis imaginar, su enorme cantidad de tiendas de instrumentos. Incluso, en su día, escribí este artículo para quienes viajéis allí y queráis flipar un rato.
Esas tiendas tienen una monstruosa cantidad de guitarras nuevas, pero lo realmente interesante son los especímenes de segunda mano. Joyas infravaloradas que nunca dejaron las islas, en gran parte por los elevados aranceles de exportación y los gastos de envío desde ese remoto rincón del mundo. Las guitarras japonesas siempre han sido muy apreciadas en occidente en ciertos círculos, por su excelente calidad de fabricación, precio contenido y, en ocasiones, locos diseños.
Bicheando en una tienda en Shibuya, me encontré con ella. Era una Fender Stratocaster ST57, fabricada en Japón sobre el año 92/93. Color negro con mástil de arce de una pieza. Creo que pasé más de hora y media probándola en la tienda, enchufado a un Deluxe Reverb y desafiando la legendaria paciencia nipona. Tenía ese delicioso tono Strato y ese tacto que no puedes parar de tocar. Su precio, al cambio, eran poco más de 300€, pero es que, además si presentaba mi pasaporte, podrían hacerme un documento con el cual me devolvería el IVA en el aeropuerto, con lo cual el chollo sería aún mayor. En ese momento no llevaba mi pasaporte encima, pero prometí volver al día siguiente para llevármela.


Mentira todo. Rompí mi promesa y nunca volví por allí. De no haber sido así, muy probablemente no estaría escribiendo estas líneas ni muchas de las anteriores, como explicaré más adelante. Podría excusarme diciendo que la tienda me pillaba en la otra punta de la ciudad (cierto), que ese día salía mi vuelo de vuelta y no quería andar con prisas (cierto también), que ya cargaba con una mini guitarra y habría tenido que dar muchas explicaciones para llevar otro instrumento extra en el avión… (no menos cierto). Pero en el fondo me pudo tanto la pereza como el sentido del ahorro del autónomo precario, ¿realmente necesitaba otro instrumento más? Está claro que con la cabeza fría no compras nada.
¿Realmente necesito otro instrumento más? Parte I
La respuesta corta es: no.
¿Realmente necesito otro instrumento más? Parte II
La respuesta larga es: no.
El pero
Pero en ese momento no tenía ninguna Stratocaster. Y no nos engañemos, una Strato es, como poco, fondo de armario para cualquier músico que, por suerte, se pueda permitir más de un instrumento.
Que no la necesitase (aparte de ropa, comida y techo, ¿qué más se necesita realmente?) no quiere decir que me la pudiese quitar de la cabeza. Habíamos pasado un ratito maravilloso juntos en esa tienda y eso es difícil de olvidar. ¡No solo de pan vive el hombre! Cuando cierto tío en la antigüedad pronunció estas palabras no tenía ni idea de que los capitalistas se adueñarían de ese eslogan para justificar una barra libre al consumismo más desaforado. De cualquier manera, enseguida me di cuenta de que había cometido un gran error. Un instrumento que me flipó por un precio inimaginable en cualquier otro lugar. Había dejado pasar una de esas oportunidades que solo ocurren, si llega el caso, una vez en la vida.
Cuando una puerta se cierra, se abre una ventana
Aún no lo sabía, pero este hecho fue el pistoletazo de salida de todo lo que vino a continuación. Hacía tiempo ya que andaba cansado de la idiosincrasia del mundo laboral audiovisual y planteándome profesionalizar mi pasión como luthier. Pero aún había aspectos de la reparación y construcción que no había tocado y debía aprender y practicar antes de meterme en harina con los instrumentos de mis clientes. Si quería ser un guitarrero versátil que cubriese todas las áreas del oficio, tenía que añadir a mis habilidades como mínimo: retrastear, pintar y barnizar.
Estaréis pensando, con buen criterio, que qué narices tiene que ver esto con lo anterior. Lo explico: como no podía olvidar esa Strato de Tokio, me acordé de repente de mi primera guitarra, precisamente una Stratocaster japonesa de los 70 fabricada en Fujigen por Ibanez bajo la marca Cimar. Esta llevaba mucho tiempo aparcada e ignorada. Así que decidí lanzarme con ella a restaurarla completamente y cambiarla el color (del blanco original al negro de esa japonesa que no me quitaba de la cabeza). Esto no solo me serviría del aprendizaje y la práctica que necesitaba para montar mi propio taller, sino que además, añadiría una Strato a mi fondo de armario, y no una cualquiera: mi querida primera guitarra, remozada y totalmente operativa. Un win win en toda regla.
Así fue como dejar pasar el chollo guitarrístico de mi vida derivó en formarme y profesionalizarme por fin como luthier. El resto es historia.
Noviembre de 2024
En noviembre de 2024 planeamos un viaje a Taiwán. Me quedé con ganas de conocer el país más a fondo en aquella ocasión en que solo fui a trabajar en 2017. Antes de marchar recodaba la historia de la dichosa guitarra que nunca fue, con mi compañera. ¿Qué hubiese pasado si la hubiese comprado? Quizá nunca hubiese montado el taller, ¿quién sabe…? Hablamos también de cómo hay trenes que pasan solo una vez en la vida y bla, bla, bla. Lección aprendida: si ves el tren pasar, ¡corre, súbete, bolo! A veces no está mal ser un poco impulsivo.
Si el viaje original supuso, de alguna manera, el inicio en mi carrera como luthier, este otro está marcado como el punto más bajo desde que todo esto empezó en 2017. Como algunos sabréis, desde el verano de 2023 llevo buscando un espacio en Madrid donde asentarme definitivamente y en solitario, después de varios cambios de local, pero los precios derivados de la especulación y la gentrificación hacen que, por el momento, me resulte imposible acceder a uno con mi presupuesto. Todo mi taller está desmontado desde entonces (bueno, tengo montada una parte en el pueblo, pero voy pocas veces y con el tiempo muy justo como para que me cunda casi ningún trabajo). Parto a Oriente con el debate constante en mi cabeza de si seguir adelante al precio que sea, o abandonarlo indefinidamente, al menos, hasta que por casualidad, aparezca un unicornio.
El tren
Probablemente el nombre de Taichung no os diga demasiado, pero es una agradable ciudad de Taiwán en la que comenzamos nuestro viaje. Paseando por sus calles, ya caída la tarde, nos paramos a echar un vistazo a la típica tienda de artículos usados, donde la mayor parte del género son trastos viejos sin demasiado interés, pero, aun así pintoresca. Desde paraguas a raquetas de playa, ollas, barajas de cartas, herramientas oxidadas, maletas, disfraces o teléfonos. De entre tanta morralla de repente veo asomar una pala de Stratocaster. No se ve muy bien, soterrada de riostres y pienso: sí claro, una Strato aquí. Me asomo un poco más, por curiosidad, y veo el logo de Fender. Pienso: bueno, esto es más falso que un duro de madera, la típica guitarra de imitación a la que le han puesto un logo… y sigo mirando otras cosas.
Al cabo de unos minutos, algo se ha quedado en mi cerebro dando vueltas. ¿Y si, sí? La forma y el color mate de las clavijas de afinación me recuerdan a los de esa Fender tokiota de años atrás. Voy a mirarla de nuevo, no vaya a ser que… Y con cierta vergüenza, como quien ve una moneda tirada y se agacha a por ella sospechando que alguien la ha pegado al suelo para partirse el culo de él pero aun así lo intenta, extraigo la guitarra de entre ese montón de basura, con cierta desconfianza al principio, y ya al final a lo Arturo de Camelot con Excalibur. Según va saliendo se me va iluminando la cara, no lo puedo creer.
Me apresuro a inspeccionarla bien. Es una Fender ST57 japonesa, no hay duda, no es una imitación. La guitarra tiene rajas en el acabado y roña por toneladas, pero conserva todas sus piezas, excepto las cuerdas y la palanca. En una segunda inspección reparo en una grieta que tiene en el mástil, pero nada grave que no se pueda reparar eficazmente.
El precio
Caigo en un abismo de surrealismo. Un sinfín de coincidencias satura mi cerebro. Otra Stratocaster se cruza en mi camino como un fantasma, y en ese lugar del mundo en particular. Estoy alucinando. Tengo tan reciente el recuerdo del error de no haber comprado esa guitarra en Japón, que sé que no puedo volver a cometerlo de nuevo. Sería imperdonable, está claro que el universo quiere que tenga una Fender japonesa y así me lo hace saber, ¡restregándomelo por los hocicos! Además, en ese estado tan decrépito no puede ser demasiado cara.
Intentando fingir patéticamente cierto desinterés para obtener un trato lo más favorable posible, pregunto por el precio a la pequeña mujer que regenta la tienda. Yo no hablo chino y ella no habla casi inglés, pero me suelta un ¡Fit-ti! con ese acento nasal tan característico. No entiendo nada. Me está pidiendo ¿50? 50, ¿qué? ¿50.000? Solo llevo un día en el país y aún no me manejo muy bien con la moneda y las magnitudes. Le pregunto de nuevo y me lo vuelve a repetir esta vez mostrándome sus 5 dedos y un puño, como quien repite algo evidente a un idiota. Sigo sin poder/querer entender. No sé ya si me está pidiendo dólares estadounidenses, taiwaneses, euros… tengo el cerebro un poco fundido con la emoción del momento y el jet lag y nada de lo que me dice me encaja.
La señora, mucho más cabal que yo, agarra una vieja calculadora roñosa y escribe en ella: 50. Dólares taiwaneses. No me lo puedo creer, y saco mi móvil para confirmar la conversión de divisa. De alguna manera, ella entiende mi desconcierto y comienza a señalarme las grietas en la pintura y el mástil. Por fin entiendo que la señora vende ese trasto a precio de derribo porque lo considera roto e inservible.
Ahora lo que no me creo es que realmente me pueda llevar esa guitarra por ese precio. Mi compañera, viendo la escena, aun ajena al precio que me acaban de pedir, me pregunta: ¿pero te la vas a llevar? Y yo la escucho como de fondo, como desde otra esfera, en otra lejana galaxia… Hago un esfuerzo por centrarme y contestarle un: sí, pues claro mientras saco el monedero y le tiendo a la mujer un billete de 100 NTD. Le indico que, por favor, se quede con el cambio. Ella parece que se ofende un poco con mi “generosa” propina e inmediatamente se le ocurre algo y me pide que espere. Corre dentro de la tienda y reaparece enseguida con una funda blanda, usada y repulsiva (como todo lo demás en esa tienda) pero con la que volver al hotel con la Fender ST57 que acabo de comprar por 1,47€.


Epílogo de esta infumable historia
Llego al hotel, aun sin creerme lo que acaba de suceder y pido en recepción trapos, limpiador y un destornillador de punta Philips. Ya en la habitación la limpio de la mejor manera que puedo. Viajamos siempre con mochila y hacerlo con un bulto extra es muy engorroso, así que desmonto el mástil para poder encajarlo todo dentro de ella. Por suerte o por destino, en este viaje habíamos hecho un ejercicio de austeridad en el equipaje y tengo suficiente sitio, todo encaja. Eso sí, ahora la mochila pesa como un demonio. Y encima, al comienzo del viaje. Pero dadas las circunstancias, tampoco nos vamos a poner exquisitos.

Al desmontar el mástil me fijo en la rotura en los agujeros de los tornillos. Está claro que esta Strato ha sufrido más de lo que parece, pero ya habrá tiempo de analizarla detenidamente cuando volvamos a casa. De momento toca cargar con ella a la espalda durante 2 semanas. Sarna con gusto…



La guitarra ha regresado a casa sin problema, misión cumplida. Nadie nos ha puesto problemas en los controles de los aeropuertos por llevarla dentro de la mochila como equipaje de mano. Llega el momento de evaluar el estado real de esos trozos de madera que asoman entre mi ropa. Empieza la fiesta.

El diagnóstico
Lo primero que hago es enchufar un cable de Jack y ver si la electrónica funciona. Para mi sorpresa, funciona casi todo bastante bien, con ruidos y algunos falsos contactos como cabía esperar. El casi corresponde a la pastilla de medios, que no suena.
Lo siguiente es mirar qué demonios hay bajo el golpeador. ¿Restos de un tifón? ¿Un cadáver? Me espero cualquier cosa…

… Excepto esto. Su antiguo dueño había apantallado con cobre los huecos de la electrónica y había mejorado los componentes de serie, como los potenciómetro o el condensador de tono, que es un Orange Drop. Aparentemente fue una guitarra mimada.
Revisando bien sus tripas, parece que lo que tiene son malas soldaduras y suciedad. Puedo dejarla sonando de manera sencilla, al menos para probarla.
Seguimos con la inspección del cuerpo y, quitando la limpieza de roña y óxido en general, lo más grave aquí es reparar la rotura que hay en la zona que separa el hueco del mástil con el cajeado de la pastilla del mástil.



Viéndolo todo en conjunto, podemos hacernos una idea de que esta guitarra sufrió un accidente en el que se golpeó fuerte en la pala y eso provocó que el mástil se desplazase hacia adelante y provocase a su vez la grieta del mástil, el astillado de los tornillos y la rotura de la mencionada pieza en el cuerpo, al hacer un efecto palanca.

El mástil no parece torcido, la cejuela es de hueso y los trastes, aunque muy bajitos, no parecen particularmente desgastados. La famosa grieta es más escandalosa que grave, y la mayoría de los agujeros de los tornillos astillados agarran el mástil con fuerza suficiente. Así que llegados a este punto solo nos queda poner unas cuerdas y ver realmente qué puede hacer esta japonesa.
¡Y resulta que no está tan mal como parecía! Enchufada a mi Fender Pro Junior y comparándola con mi Cimar, sin reparar nada, solo con un ajuste somero, suena y se toca bastante bien. La grieta no se abre demasiado con la tensión de las cuerdas y, contra todo pronóstico, la afinación es bastante estable. Tenemos una buena base sobre la que trabajar.

Hagamos una lista
Decido no solo repararla, sino también adecuarla a mis gustos personales. Voy a tratar de dejarla lo más original posible, pero funcional. Tener un instrumento incómodo solo por respetar su originalidad responde más al comportamiento de un coleccionista (y/o especulador) que de alguien que la quiera usar de verdad. Y, total, ya que nos ponemos…
Las tareas imprescindibles:
-Limpiar la media tonelada de roña del hardware, cuerpo y mástil.
-Reparar la pieza rota del cuerpo, entre el neck pocket y el cajeado de la pastilla de mástil.
-Reparar la grieta en el mástil.
-Sanear y reparar las zonas astilladas de los tornillos del mástil.
Las recomendables:
-Eliminar el apantallado de cobre del cajeado de la electrónica. Queremos la guitarra sonando con todos sus ruidos y todas sus frecuencias.
-Sustituir esos cables horribles de plástico de las pastillas por hilos vintage con funda de tela.
-Sustitución de potes Alpha por unos CTS y el conmutador Oak Grisby perrero por un CRL en condiciones.
Los caprichos:
-Ya que reparamos la grieta del mástil y nos vamos a llevar parte del barniz en el proceso, nos liamos la manta a la cabeza y vamos a decaparlo entero, cambiar el radio de diapasón de 7.25” a 9.5” e instalarle unos trastes médium jumbo. ¿Quién dijo miedo?
-Cambiamos el bloque de zinc del trémolo que viene de origen, por uno de acero.
Las inesperadas (atención, spoiler):
-Lamentablemente, las pastillas originales no rendían como esperaba. A volumen de casa daban el pego, pero en grandes potencias se echaba de menos más cuerpo y pegada. Después de jugar mucho con el ajuste de altura de las pastillas decidí que no quedaba más remedio que instalar un nuevo set.
-Después de poner las pastillas nuevas, la de puente se sigue quedando un poco delgada, así que le instalo un base plate que resuelve ese problema.
¡Manos a la obra!
La limpieza
Como podéis ver, aunque ya en origen le quitamos bastante suciedad, todavía le toca un repasillo. Lo bueno es que estas guitarras están acabadas con barniz poliuretano, muy resistente. Así que con un trapo húmedo (muy escurrido, no chorreando) con un poco de jabón limpiamos bien todos los recovecos tanto del cuerpo como del mástil.
Desmontamos todo el hardware hasta el último tornillo y lo sumergimos un par de días en Coca Cola (el mejor uso que se le puede dar a este venenoso brebaje imperialista). Pasado ese tiempo, enjuagamos y secamos las piezas. Al óxido que no se haya conseguido eliminar, le pasaremos una lija fina, lo empaparemos con aceite tipo 3 en 1 y lo frotaremos con un trapo.


Por último, retiramos el apantallado de cobre de las cavidades de la electrónica con ayuda de un secador de pelo para ablandar el adhesivo con aire caliente.

El trémolo
Quienes sigáis esta web de hace tiempo, sabréis que, para mí, gran parte del tono característico de una Stratocaster yace en el bloque de acero de su puente. El bloque de zinc no está mal, pero a mi oído de madera carece de un brillo y un ataque característico que le proporciona el acero.
Al principio me planteé incluso cambiar el trémolo completo por el Gotoh que he usado en varias ocasiones, pero tras comprobar que la base y las selletas eran de acero (con un simple imán) y quería mantener la guitarra lo más original dentro de lo posible, preferí buscar un bloque que le encajase.
No es nada fácil, porque cada puente tiene sus medidas (en sistema métrico o imperial) y te puedes encontrar con una pieza que, directamente, no encaja. Afortunadamente, acerté a la primera. Así que ya sabéis, si necesitáis un bloque para una Fender Japo, este os sirve. Además, así pude encargar una palanca que le roscase correctamente.


La diferencia en peso no es demasiada, 6 gr más el de acero, pero en timbre os aseguro que sí.
La electrónica
En un principio limpié las pastillas y sustituí los horribles cables que por alguna razón les habían instalado a las patillas de mástil y puente, por cable con funda de algodón, como debieron ser en origen.

Por lo demás, ni me molesté en conservar piezas que directamente no eran las originales o no eran de calidad suficiente. Cambié los potenciómetros por unos CTS, el conmutador por un CRL de 5 posiciones y el Jack por un Switchcraft. Conservé el condensador Orange Drop de 0.047uF y lo conecté todo según el esquema de los años 50, para conservar al máximo las frecuencias agudas al bajar el potenciómetro de volumen sin necesidad de usar un treble bleed, que luego no se lleva bien con los pedales de Fuzz.

Una vez tuve ya la guitarra funcionando, las pastillas quedaban demasiado delgadas en todos los ajustes de altura. Así que decidí cambiarlas por unas Tonerider Classic Blues, que tienen un poco más de medios y salida que las que instalé en esta otra Strato (o eso pensaba yo, porque mi oído me decía otra cosa… Y finalmente me di cuenta de que la diferencia es el cuerpo de caoba de la Cimar a diferencia del aliso de la Fender. Para que luego digan que la madera no influye en el tono… no, qué va…). Aún así, la pastilla de puente seguía quedando aun un poco floja y se me ocurrió añadirle un base plate, lo cual mejoró mucho su tono. Haré un artículo aparte para explicaros sobre este polémico invento.

Reparando madera rota
El cuerpo
Vamos primero con la parte fácil: la rotura en el cuerpo. Cuando tenemos grietas, en lugar de roturas limpias donde se puede aplicar cola en cada pieza por separado, necesitaremos usar una jeringuilla para inyectar el adhesivo. Pero la cola es demasiado densa como para que corra bien a través del pequeño canal de la aguja, así que por eso debemos diluirla un poco con agua. No demasiado, porque perderíamos poder de adherencia, solo lo imprescindible para poder aplicarla. Yo añado agua gota a gota, mezclo bien y voy probando.
Para esta reparación he movido la pieza lo máximo posible de su sitio sin romperla del todo (hasta donde dé) para que la cola llegue a la máxima superficie posible.

Antes de encolar, le echamos un buen chorro de alcohol con otra jeringuilla para limpiar y preparar las fibras de la madera y que el adhesivo corra mucho mejor. Truco que aprendí de la gran restauradora profesional Virginia Pastor.

Aplicada la cola, llevamos de nuevo la pieza a su sitio y presionamos 24h.


El mástil
Esta pieza ya tiene más miga. Lo primero que haremos será tapar los antiguos agujeros de los tornillos de anclaje al cuerpo, pues están casi todos pasados y no hacen la fuerza necesaria.
Con una broca ensanchamos los agujeros ya existentes lo justo para poder encolarles unas espigas de calidad. Esto es importante, porque me consta que ahora circulan algunas por ahí hechas de quién sabe qué y que se rompen con facilidad. De igual manera, dejamos que seque y fragüe 24 horas.


Para rellenar las zonas astilladas alrededor de los tornillos, lo primero será sanear esos huecos, dándoles la forma más cuadrada posible con un formón para luego, con mucha paciencia, cortar y adaptar unas piezas de arce con las que poder rellenarlas. Este es un trabajo de mucha maña y paciencia, ¡pero nadie dijo que reparar una guitarra de 1,47€ fuera a ser fácil! Una vez encolado todo y seco, cortamos los excesos y nivelamos con cuidado de no deformar el talón del mástil.


Vamos ya con la parte más escandalosa, pero cuya reparación fue más fácil de lo que parecía. Siguiendo el mismo procedimiento que antes, con el alcohol, la jeringuilla y la cola ligeramente diluida con agua. Aquí las únicas complicaciones fueron abrir ligeramente la grieta para permitir la entrada de la máxima cola posible (lo cual conseguí fijando firmemente el mástil al banco y tirando poco a poco desde la pala con ayuda de un gato) y después presionar de manera uniforme en la zona encolada, usando tacos radiados en ambos lados y todos los gatos disponibles.


Transformando el mástil
Mi viaje personal con los instrumentos me lleva a la opinión actual (mañana quizá os diga otra cosa) de que la modernidad no tiene nada de malo, sino todo lo contrario. Si algo me ha redescubierto esta Music Man de la que ya os hablé, es que un instrumento moderno y cómodo te hace llegar a lugares musicales que los clásicos, sencillamente, no pueden. No estoy con esto despreciándolos, pero su gran baza reside quizá más en su tono que en su facilidad para la ejecución. Por ello me pregunto qué necesidad hay de hacerse con guitarras o bajos deliberadamente primitivos simplemente por una cuestión de coherencia histórica si no eres, de nuevo, un coleccionista. Recuerdo haber visto en una tienda un bajo Fender Custom Shop réplica de un Precision del 51 con su relic, etc por 7.000€ y pensaba que quién se gastaría esa descomunal cantidad de dinero en un instrumento tan básico, poco versátil y para nada cómodo, cuando existen auténticos cohetes por muchísimo menos de la mitad de ese precio.
Me declaro usuario, no coleccionista ni especulador (no tengo interés en conservar la originalidad de las piezas con la mente puesta en hacer un futuro negocio con ella). Así que decidí colocar unos trastes médium jumbo y reformar el radio del diapasón, de 7.25” a 9.5”. ¿Qué clase de Fender ST57 es ahora? Una que puedo y me apetece usar.
Ya he explicado otras veces cómo retirar los trastes, así que no me voy a repetir. Recordar que, al ser un mástil con diapasón barnizado no queda más remedio que retirar ese barniz porque si no, los trastes nuevos no asentarán correctamente. Solo unas fotillos a modo ilustrativo:

Para retirar el barniz, tengo comprobado que el mejor método es raspando con una cuchilla. Respetamos el barniz de la pala y del número de serie en el talón.

Ya por fin podemos comenzar con el cambio de radio de diapasón. Esta operación es un poco delicada, así que hay que realizarla con mucho cuidado. Lo primero es aflojar el alma a tope (en este caso, saqué incluso la tuerca del alma). Hay que lijar con un taco de un radio superior al que queremos conseguir (yo usé uno de 12” para conseguir 9,5”), pero debemos moverlo siempre en el eje, sin desviaciones, y ejerciendo la misma fuerza tanto a un lado como a otro de ese eje.


Hay quien se construye un soporte especial para el mástil donde el taco va apoyado en unas paredes y así evitar movimientos fuera del eje. Es la solución más segura, desde luego. Pero sin ello y con un poco de cuidado se puede hacer también. Se va lijando, comprobando cada pocas pasadas con la galga, hasta conseguir un radio consistente en toda su longitud. Cuando estemos muy cerca podemos pasar al taco con radio 9,5” para finalizar.

Lo siguiente en volver a colocar unos trastes médium jumbo como ya expliqué por aquí.


Para el acabado, por esta vez y un poco en contra de mi voluntad, usé nitrocelulosa. Ya sabéis que desde hace tiempo soy un firme defensor de la goma laca como barniz no tóxico. Pero aplicarlo a muñequilla en un mástil de arce de una sola pieza entre los trastes, es muy trabajoso. Ya me ocurrió aquí y fue desesperante. Así que, total, para un mástil y dada mi escasa infraestructura, decidí probar los botes de spray ya preparados.
El proceso es bastante parecido a lo que ya he contado aquí, pero sin tener que limpiar ninguna pistola. Una semana de secado y se pueden nivelar los trastes.
El peor error fue el uso del tinte. Creo que no estaba en buen estado y quedó bastante poco uniforme y con un tono un poco raro. Pensé que con la nitro quedaría más uniforme pero no fue así. Lección aprendida, para la próxima, ni tinte sintético tóxico, ni nitro: tintes naturales y goma laca, aunque lleve más tiempo.

Se nota que no tengo taller en Madrid, ¿verdad? Me voy buscando las mañas en los diferentes espacios que tengo disponibles, como mi cocina, mi terraza o el tendedero en la azotea. ¡La imaginación al poder!
Para darle coherencia al acabado con el del resto de la guitarra, hacemos un pulido sin demasiado cuidado, para dejar algunos desgastes aquí y allí. No queremos un cuerpo viejo con mástil con pinta de nuevo.
Unas fotillos del mástil barnizado con la grieta reparada. Al tacto no se nota nada. A la vista sí, porque el tinte se acumula en cualquier veta, pero nos importa la funcionalidad.

Haciendo funcionar de nuevo todo
Después de todo este trabajo solo queda ensamblar todo y trabajar en los ajustes.
-Lo primero que notamos es que el mástil necesita ser calzado para lograr una altura de cuerdas uniforme en toda su longitud. Colocamos un calzo de 1º para conseguir un nivel correcto.
-Siempre suelo ajustar el vibrato de la Stratocaster apoyado en el cuerpo. Esto aporta no solo mayor estabilidad en la afinación, sino también mejor transmisión de vibraciones, lo que redunda en un tono con muchos más graves y más sustain. En este caso fue al revés. La afinación queda más estable al estar el puente flotante, probablemente debido a que la base del puente no está perfectamente plana pero, sin embargo, pivota bien. Se pierde ese tono tan bonito, pero se gana en dolores de cabeza al no tener que estar afinando cada 15 segundos.
-Para rizar el rizo de los Expedientes X, si algo he aprendido con esta guitarra es que la posición en que están instalados los muelles del vibrato también influyen, no solo en el tacto, sino también en el tono y sustain. Esta vez me dio por hacer la prueba y he alucinado, no tengo explicación para ello, pero noto una diferencia lo suficientemente apreciable. Tres muelles (la cantidad es una cuestión de tacto al accionar la palanca) rectos es la manera en que mejor me funciona el sistema. También los he rellenado con unos trocitos de espuma para eliminar vibraciones raras.
Por fin unas fotos del resultado final:

Terminando
He intentado ser breve, pero es que había mucha tela que cortar. Una vez hechas todas las reparaciones, modificaciones y ajustes, ha quedado una guitarra la mar de agradable de tocar. El radio de diapasón más plano y los trastes más altos han sido todo un acierto, y el vibrato accionable en ambas direcciones, si bien le resta algo de cuerpo al tono, es un nuevo territorio para explorar. Suena muy bonita y además es bastante ligera para ser una Strato, menos de 3,5 kg. Me encantan todas las cicatrices de su vida pasada (espero que a ella también las mías) y el pensar en la suerte que hemos tenido ambos de encontrarnos, el haberla rescatado y ofrecerla una segunda oportunidad (o tercera, o cuarta… ¿quién sabe?). Me parece algo casi providencial.
Estas son las rarísimas cosas que aún siguen pasando en ese mágico rincón del mundo que conocemos como el Lejano Oriente. Espero que le guste su nuevo hogar.

De vez en cuando me asomo por aquí porque me gusta como escribes y los buenos trabajos que nos enseñas. Hoy me lo he pasado pipa. Parece increíble el hecho de haber encontrado esa guitarra por ese precio, pero ahí esta. Es preciosa
Muchas gracias por todo
Saludos
Me alegro mucho de que te haya gustado! Historias reales que parecen ficticias para seguir creyendo en la magia XD
Abrazos!
Javi
Que pasote Javi, increible esa historia para quedarte con ese pedazo bicho para tu repertorio de guitarra.
Me faltó el video tocando 😀
Un reportaje fabuloso, bien escrito, muy entretenido, unas fotografías de lujo y un fino sentido de humor. Y sobre todo, amor, mucho amor por las guitarras y por la música. Y por una artesanía que desconocía: he aprendido mucho, sobre todo de la constancia, de la tranquilidad y del trabajo bien hecho. Enhorabuena por tu escritura seductora y envolvente, por esas fotos espectaculares y minuciosas y por tu gran amor por las guitarras.
Un abrazo.
Jo, cuantas cosas bonitas! Me alegro de que disfrutéis la lectura, comentarios así hace que merezca la pena el trabajado de publicar estos post monstruosos. Un abrazo fuerte!
Toda una película con final feliz. Trabajazo minucioso e inteligente. Minuciosa también la explicación para los que entienden y para los que no entendemos y nos puede la curiosidad. Enhorabuena por el chollo y por el resultado.
Muchas gracias, maestro 🙂
Ese Mansilleitorrr !!!… joooder que historia, muchísimas gracias por compartirla.
Sería la leche que la señora de la tienda viese como ha quedado la guitarra!!
Un fuerte abrazo muchacho!!
Sí, sería bonito volver algún día… pero dudo de poder volver a encontrar la tienda y mucho menos de que la señora se acuerde de mi, jajajaja XD Abrazos, querido!